¿Qué es y qué no es la dermatitis atópica?

Ni es una enfermedad de niños, ni se contagia ni es causada por el estrés. Sí es una enfermedad crónica y asociada a complicaciones serias.

Lamentablemente, acostumbra a ser así: en lo que a salud se refiere, el desconocimiento siempre es más grande de lo que nos gustaría; y es que la enfermedad suele ser un foco de leyendas urbanas y falsas creencias que solo sirven para fomentar actitudes de rechazo y miedo. Esto resulta aún más preocupante en el caso de las enfermedades que afectan a la piel, donde la ignorancia general aumenta el estigma y merma la autoestima de las personas que la padecen. ¿La psoriasis o la dermatitis atópica se contagian? La respuesta es un no rotundo, pero no todo el mundo lo tiene así de claro. En las siguientes líneas vamos a explicarte algunos hechos sobre la dermatitis atópica que consideramos deberían, a estas alturas, estar más que claros.

¿Qué sí es?

Una enfermedad crónica. Aunque en el imaginario de muchas personas la dermatitis atópica aparece como una afección menor, lo cierto es que se trata de una enfermedad para la que a día de hoy no existe cura y que puede llegar a tener graves repercusiones. A pesar de que se desconoce su causa concreta, se sabe que su aparición tiene que ver, entre otros factores, con una disregulación del sistema inmune en la que las citoquinas IL-4 e IL-13 tienen un papel clave

Una enfermedad con un componente genético. La dermatitis atópica no se produce únicamente como consecuencia de factores inmunológicos y ambientales, sino que también guarda relación con factores genéticos. En concreto, se sabe que si uno de los padres es atópico, existe una probabilidad de un 60 % de que el hijo también lo sea, y que si son los dos progenitores los que padecen esta afección, la probabilidad para los hijos de desarrollarla aumenta hasta el 80 %.

Una enfermedad relacionada con otras enfermedades atópicas. Etimológicamente, “dermatitis” significa ‘hinchazón de la piel’, mientras que “atópica” hace referencia a una predisposición a desarrollar condiciones alérgicas. En este sentido, cabe mencionar el concepto de marcha atópica, que se refiere a la progresión natural de enfermedades como la dermatitis atópica y la alergia a alimentos hacia otras enfermedades, como el asma y la rinitis alérgica.

Una enfermedad asociada a complicaciones. Como avanzábamos en el epígrafe anterior, las personas con dermatitis atópica tienen predisposición a sufrir otras enfermedades con una base genética, como el asma, la rinitis o la alergia a alimentos. Sin embargo, también resulta común que las personas con dermatitis padezcan otras complicaciones de diversos tipos: infecciosas, oculares y hasta psicológicas. Para saber más sobre este aspecto, no dejes de leer este artículo.

¿Qué no es?

NO es una enfermedad pediátrica. Aunque la dermatitis atópica acostumbra a manifestarse durante el primer año de vida (el 80 % de los casos se diagnostican antes de los cinco años de edad), ni mucho menos se trata de una enfermedad pediátrica. Al contrario: puede presentarse a cualquier edad, y cuando lo hace en la edad adulta puede causar graves repercusiones. Cuando aparece en los primeros años de vida, la enfermedad puede mejorar o desaparecer, aunque no es poco común que síntomas como sequedad o irritación sigan manifestándose en la etapa adulta.

NO es contagiosa. Lejos de lo que mucha gente suele temer, la dermatitis atópica no se contagia, por muy cercano y prolongado que sea el contacto (tampoco se transmite al compartir ropa o toallas). Sin embargo, las que sí que pueden contagiarse son las infecciones de la piel, una de las complicaciones más frecuentes de la dermatitis atópica.

NO está causada por el estrés. Al igual que sucede con otras enfermedades de la piel, como la psoriasis, la creencia general relaciona el estrés con la aparición de la dermatitis atópica. Sin embargo, sabemos que en este caso concreto el estrés no es en ningún caso la causa de la enfermedad. Lo que sí es cierto es que puede empeorar su pronóstico, debido a que el nerviosismo puede aumentar la frecuencia y el vigor con el que nos rascamos, por ejemplo.