¿Temor a los inyectables? Piérdele el miedo a la insulina

¿Tu médico te ha recomendado empezar un tratamiento con insulina y crees que no vas a ser capaz de pincharte? Podrás tras leer este artículo

El miedo incontrolable a las inyecciones tiene el curioso nombre de tripanofobia. Sin llegar a ese extremo, cierto temor y aversión a las inyecciones es muy común… ¡A nadie le gusta pincharse!

En general, para la mayoría de las personas esto no supone más que una molesta anécdota en momentos puntuales de su vida, cuando tiene, por ejemplo, que hacerse un análisis de sangre. Pero para una persona que sufre diabetes, el miedo a los inyectables puede afectar seriamente no solo a su calidad de vida, sino también al grado de control de su enfermedad. De hecho, una de las causas por las que se retrasa el inicio oportuno de la insulinoterapia (con las consiguientes implicaciones negativas sobre la salud) es el rechazo de los pacientes, en parte debido al miedo a la inyección.

¿Te sientes identificado? ¿Tu médico te ha recomendado empezar un tratamiento con insulina y crees que no vas a ser capaz de pincharte? Pues tenemos una buena noticia: si miles de diabéticos han superado su miedo y se inyectan todos los días, incluso varias veces, ¡tú también puedes! Además, hay estudios que demuestran que, una vez vencido el miedo a la inyección de insulina, la satisfacción por los buenos resultados en el control del azúcar es alta. Así que, ¿a qué esperas para empezar?

Lo primero que debes hacer es tomar plena conciencia de la importancia de la insulina: la necesitas para mantener a raya al enemigo (la diabetes y sus temibles consecuencias). Mantener este objetivo primordial en la mente te ayudará a vencer el miedo.

Recuerda que actualmente los dispositivos para inyectar insulina son cada vez más precisossencillos y rápidos, y las agujas más finas y cortas, para que el pinchazo no duela. Ten en cuenta también que el pinchazo no dura más que unos segundos.

Dominar la técnica de inyección es también fundamental para que el proceso sea indoloro. Tu enfermera te enseñará y practicará contigo las veces necesarias para que vayas acostumbrándote y perdiendo el miedo. No te quedes con ninguna duda. Verás como solo necesitas un poco de práctica para convertirte en todo un experto.

Los pasos para usar una pluma de insulina son los siguientes:

· Lávate las manos con agua y jabón.

· Coloca una aguja nueva. Deja el capuchón a un lado, pues lo necesitarás para retirar la aguja.

· Desecha una pequeña cantidad de insulina para asegurarte de que no queda aire en la aguja.

· Carga la pluma con la dosis que precisas.

· En una mano sujeta la pluma, y con la otra coge un pellizco de la piel y la grasa subcutánea (sin coger músculo).

· Si hay mucha grasa, se inyecta verticalmente, es decir, con un ángulo de 90°. Si hay poca grasa, se inyecta un poco inclinado (45°). Tu médico o enfermera te indicará la técnica adecuada según la longitud de la aguja y la grasa que tengas.

· Inyéctate con decisión, pues así se minimiza el dolor.

· Presiona el émbolo en todo su recorrido y después suelta el pellizco.

· Cuenta de 5 a 10 segundos antes de retirar la aguja. Retírala en la misma dirección en la que entró.

· Si sangra, presiona sin frotar la piel.

La insulina fría es molesta, así que sácala de la nevera por lo menos 10 minutos antes de pinchártela.

Recuerda que debes aplicarte la insulina en una zona con grasa debajo de la piel —como el abdomen, el brazo, el muslo o las nalgas— y que debes cambiar de sitio cada vez, para que no duela y para evitar endurecimientos.

Si a pesar de todo lo dicho no te decides a pincharte a diario, pregunta a tu médico por otras alternativas. En diabéticos de tipo 2, sobre todo obesos, pueden estar indicados los denominados agonistas del GLP-1, algunos de los cuales se inyectan solo una vez por semana. Algunos, además, llevan la aguja oculta ya acoplada y lista para usar, de modo que pincharse es casi un juego de niños.

Por último, si no consigues dominar tu miedo a las inyecciones tal vez padezcas una verdadera tripanofobia. En este caso puedes buscar ayuda con un psicólogo. ¡Siempre es posible encontrar una solución!

Autor: Ana Gómez, Médico de Familia