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Una mirada psicológica al mundo del trasplante

Tras un trasplante el cuerpo debe aceptarlo, pero también es necesaria una aceptación psicológica para evitar el rechazo de trasplante.

Aparentemente las personas marcamos nuestro espacio vital tras el límite de nuestra piel: una fina capa que nos delimita de toda la realidad que se expande fuera de nuestro cuerpo. Pero más allá del espacio carnal, existe lo que llamamos ego, una percepción de todo lo que somos, nuestra identidad psicológica. Nos hace mirar la vida de una forma única, supone un filtro sobre el cual canalizamos nuestra percepción del mundo.

Una vez identificadas estas “barreras” iniciales, ¿qué criterios sigue nuestro organismo para marcar lo que aceptamos como propio y desechar o rechazar aquello que no nos interesa? ¿Debemos conseguir una plena aceptación de nuestro ser para conseguir una correcta adaptación? Rotundamente sí, pues existe una interconexión física y mental en todo lo que nos ocurre.

El trasplante para seguir viviendo

El trasplante resulta la única alternativa terapéutica cuando un órgano vital deja de funcionar correctamente. Hasta 1965 en Barcelona no tuvo lugar el primer trasplante de órganos humanos con éxito. Y hasta la ley 30/1979 había que esperar a la asistolia (ausencia de actividad cardiaca) del donante para extraer el órgano. A partir de este momento, se reconoció de forma legal la muerte cerebral, lo cual supuso un gran avance para la técnica que hoy en día sitúa a España como modelo para muchos países.

Los trastornos desadaptativos

Además de la llave de lo meramente biológico, que donante y receptor sean compatibles, el proceso que debe recorrer una persona que necesita un trasplante conlleva una serie de conflictos internos para los cuales no siempre se está inmune psicológicamente.

Tras el trasplante el paciente entra en un estado de ambivalencia que le hace moverse entre la esperanza por haber “sanado su enfermedad” y el miedo por el desconocimiento del nuevo miembro que ha incorporado como suyo. Dependiendo de la naturaleza e intensidad de los síntomas presentados por la persona podemos encontrarnos con diferentes trastornos:

- Fantasías  y suposiciones acerca de la figura del donante

El paciente se siente culpable. Siente que tiene algo que no le pertenece, que se ha aprovechado de una parte de otra persona que ya no vive; o en el caso de que el donante sea una persona viva, que le ha robado bienestar. Comienza a construir suposiciones sobre cómo sería su donante: cuáles eran sus aficiones, sus gustos musicales, su rostro… De alguna manera crea un vínculo imaginario con la persona, con la que se siente en deuda.

También puede darse el mismo fenómeno precisamente al contrario. Es lo que en psicología llamamos reverso de la culpa. La persona que lo experimenta contempla el trasplante como una medalla de reconocimiento ante todo lo sufrido. Digamos que funciona como un mecanismo de defensa: es la negación de lo ocurrido. La persona entiende el órgano como una muestra de agradecimiento de la vida que le está brindando una nueva oportunidad. De la misma forma, también se despersonaliza la figura del donante.

- Alteraciones de la identidad: el síndrome de Frankenstein

Este concepto proviene de la crisis de identidad que sufrió un hombre de 38 años tras ser trasplantado con el hígado de una mujer. El tipo decía sentirse una mujer. Y a partir de aquí se creó un vínculo que hizo que el receptor se atribuyera rasgos físicos y psicológicos del donante.

Además, también pueden aparecer otra serie de síntomas o cuadros de desadaptación que debemos tener en cuenta como el delirium que afecta a la capacidad de concentración y a las funciones cognitivas y que es causa de los fármacos inmunosupresores, los trastornos sexuales, que pueden suponer tanto deseo sexual hipoactivo como trastornos de la erección y que aparecen como causa de la medicación e incluso del propio miedo a dañar el órgano, y trastornos de la ansiedad, que suele aparecer como consecuencia del alta hospitalaria, cuando se deja de recibir tanto atención médica y familiar. Este último está relacionado con el síndrome de estrés postraumático.

¿Es necesario tratar estos trastornos?

Lo cierto es que se ha investigado poco sobre las intervenciones necesarias que deberían hacerse en estos casos. Lo que sí parece comprobado es que se necesita un acompañamiento por especialistas durante las cuatro fases principales (evaluación psicosocial, periodo de acompañamiento y seguimiento en el tiempo pre-quirúrgico y post-trasplante).

Por otro lado, se considera que se habrá superado el proceso de adaptación cuando la persona consiga sentir el órgano como suyo. Para esto es importante que el órgano funcione bien, que se cuente con apoyo familiar, que se cumpla con el tiempo de hospitalización necesario y que la actitud de la persona sea la correcta (que busque medidas para mantener su salud).

En definitiva, lo que debemos tener claro a la hora de afrontar cualquier tipo de trasplante es que no solo los factores biológicos condicionan que volvamos a recuperar nuestra salud. Aunque aparentemente tras la intervención la persona vuelve a recuperar la normalidad, la plena recuperación conlleva cierta complejidad, algo que va más allá de lo que podemos controlar desde la ciencia. Solo atendiendo de manera integral y desde una perspectiva biopsicosocial, la adaptación al nuevo órgano dejará de ser un reto inaccesible.

Trasplantes, Bienestar, Síntomas, Diagnóstico, Vida social, Aspectos psicológicos

Autor: Marta Mero, Psicólogo

Última modificación: 17 febrero 2014

© People Who Global, iStock.com

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